viernes, 30 de enero de 2009


LITEROPIRIATURA

Primer envío sujeto a jurado, por Pablo David Fernandez (nuestro primer seguidor)

Fuego

Hace unos años atrás, en una de esas noches de verano que en el pueblo no se puede hacer más que dedicarse a dormir o a sentarse a contemplar las estrellas brillantes que nos indican la existencia de algo más basto e incomprensible, hicimos una de las pocas cosas que sabíamos. Encendimos un fuego, arrimamos unos troncos, unas botellas y nos pusimos a discurrir en las típicas charlas sin sentido tan filosóficas que estábamos acostumbrados. Cuando de golpe cuando Pepito se levanto para poder orinar en unos metros más apartados, el tronco en el que estaba sentado rodó y fue a parar a la improvisada hoguera. Lo que sucedió a continuación nunca supe como fue, son esas cosas irreales que solo uno cree que pueden pasar en una película o en una de esas brillantes novelas escritas por algún gran best seller, pero ver las llamas de golpe como se revolotearon en millones de chispas parecidas a las millones de estrellas que nos cubrían, el sentir el calor del fuego, ver las llamas como rodeaban el tronco de golpe, intentando abarcarlo por completo en un abrazo casi hipnótico y de a poco comenzándolo a consumir, nos dejo a todos sumidos y absortos contemplando esa maravilla primigenia que es el fuego.

No podíamos más que mirar las llamas y así estuvimos, sin decir palabra por largo rato y vimos como las llamas con su abrazo lograban consumir de a poco a ese tronco. De golpe levante la vista de las llamas y no se me ocurrió decir nada más que “Genial”. Comenzamos a reír a carcajadas sin dejar de ver el tronco arder y cada vez reducirse más, entre las risas y las bromas comenzamos arrojando más ramas al fuego, no queríamos que disminuyera esa maravilla que nos unía y hermanaba como ninguna otra cosa, así que cada uno contribuía con lo que había a mano, es obvio que para esto ya varias de las botellas estaban vacías y nos llevaban a no querer alejarnos demasiado de la posición que teníamos, por eso puede ser que a continuación comenzamos a arrojar lo que teníamos cerca, que de ramas ya no tenían nada; pasto, piedras, tierra, otro de los troncos que servía de banco, las etiquetas arrancadas de las botellas, las tapitas, los corchos, otro “banco tronco” y otro y otro…. y esa hoguera pequeña que había comenzado como excusa para la charla y las botellas, empezó a crecer y conformarse en una gran hoguera de proporciones casi épicas. Así que ya embriagados, y no tanto por el alcohol ingerido, sino por eso tan hipnótico y primitivo que es el fuego, comenzamos a dejarla crecer con cuanto había en rededor, algunos nos colgamos de alguna que otra rama de un pobre árbol desprevenido. Buscamos troncos secos, alguna que otra “torta” seca de bosta, pasto seco y verde, una escoba que aún tenía algunos días más de barridos, y todo aquello cuanto iba quedando a nuestro alcance. Pepe arrojo un estampita que guardaba en la billetera, Fran siempre tan sensible, y dueño de la casa, quemo una cucha de perro vieja que la pobre perra de la familia ya no va a poder seguir utilizando, yo arroje cuanto papel acumulaba en la billetera.

Fue algo de verdad tan sencillo y sublime, sentir las llamas consumir todo y en medio nosotros reírnos y disfrutar el espectáculo, verlas tomar y alimentarse de cuanto tirábamos para seguir creciendo. Fue algo liberador, nunca lo hablé con el resto de mis “hermanos de fuego”, pero con esas llamas y troncos y papeles quemados, devorados, reducidos a más que polvo y cenizas también se fueron muchos problemas que tenía, me sentía aliviado, feliz, alegre, vivo, con energías, después de ese día siempre estoy preparado, listo para oír el llamado de las llamas y dejarme llevar por su baile sensual.

1 comentario:

Rodrigo G. dijo...

Gracias Pabli, un relato conmovedor que desentrama la ecencia de cualquier quemador y la deja expuesta, en evidencia. Es mentira decir otra cosa que esa noche, nació un fueguista de ley. Un abrazo, y gracias por colaborar.