LITEROPIRIATURA
Nos llega desde La Plata barrio Bellas Artes, este texto de Juan Ignacio Sosa. Sujeto a jurado. Animensé que los vamos a ir mostrando.
El pirómano
Cuentan los más viejos del barrio que cerca de la avenida Montenegro vivía un pirómano. La piromanía es una patología y, como tal, puede ser detectada por ciertas conductas extrañas. Del viejo supieron inmediatamente que era pirómano por la forma que tenía de llevar la antorcha las noches de luna llena. Fuera de sí, en un estado de enajenación comparable con el de un taxista luego de sesenta y cuatro horas ininterrumpidas de trabajo, camina el viejo loco por la avenida agitando la antorcha con llamas de casi dos metros de largo, rojo furioso tanto como el de sus gestos de la cara cuando junta diarios y cartones y los acumula en la vidriera del primer supermercado chino que se le cruce. No se cree que sea xenófobo, pero con seguridad y argumentos válidos, odia a los orientales. El origen de este odio puede rastrearse allá por los años ochenta, cuando frecuentaba todos los mediodía un restaurante chino (o coreano, vaya a saber uno). La comida era exquisita y los precios módicos, y por ello no tardó dicho restaurante en llenarse de comensales. Paralela y aparentemente sin tener conexión alguna, en el barrio los perros vagabundos desaparecían como chupados por un agujero negro a medida que la fama del lugar crecía. Como siempre que el hombre mete mano en la naturaleza tiende a hacer cagadas, los perros vagabundos comenzaron a escasear. Y los chinos (o coreanos) del restaurante no tuvieron mejor idea que raptar a los ropes de las casas vecinas. Primero fueron los perros grandes, y al viejo de nuestra historia no le importó, porque él tenía un perro chico. Luego fueron los medianos, y al viejo tampoco le importó, hasta que sí le importó porque los perros que desaparecían eran los pequeños, y una noche de verano un grupo comando secuestró a su pequinés. Al mediodía siguiente sirvieron unas milanesas muy pequeñas acompañados de puré de batata. Demás está decir que el restaurante fue incendiado y junto a él los chinos (o coreanos o taiwaneses) que lo regenteaban.
La moda de dichos lugares acabó con los noventa, dando paso a la llegada de los supermercados (omitimos aquí el advenimiento de las tintorerías por considerarlas frívolas e ignífugas). En fin, los supermercados proliferaban estableciendo un vaivén cotidiano en la economía del país. Y justo vinieron a establecerse a quince metros de la casa de nuestro viejo justiciero. Nada hubiera sucedido si esa mañana Liu (tal el nombre) le hubiera cambiado el yogur que el viejo había comprado unos momentos antes. Con fecha de vencimiento en regla, el yogur contenía gran cantidad de gorgojos y ladillas, insectos que nacen por generación espontánea, producto de la rotura de la cadena de frío que debe tener el lácteo. El chino a los gritos le decía que no se lo iba a cambiar. El viejo, terco también, le decía que le iba a romper los dientes. La discusión llegó a su punto más álgido cuando el chino llamó a sus compatriotas que, de muy mal humor, se levantaron de sus camas ubicadas arriba de las cajas de galletitas Bagley, y el viejo, ofendido por la intimidación, decía a grito a pelado comunistas de mierda, ya van a ver. Esa misma noche, todavía cegado por la ira que lo había acompañado todo el día, compró en la estación de servicio veinticinco mangos de nafta súper y diez de gas-oil, y treinta y siete botellas tipo porrón de cerveza. Pacientemente armó las bombas molotov en su casa, mientras recordaba a su perro ya desaparecido y el yogur que nunca pudo comer. Escapa a las palabras pero no a su imaginación, lector, y figúrese que no sólo el supermercado ardió, sino que toda la manzana se incendió; el calor y el humo llegaron hasta San clemente, mientras el viejo veía desde la vereda de enfrente y riéndose a carcajada limpia, cómo se incendiaba todo, incluyendo su propia casa. Hasta ahí su historia; nada más sabemos excepto que deambula las noches de luna llena con su antorcha en la mano, en busca de restaurantes que secuestran y cocinan perros o supermercados que apagan las heladeras y son reticentes al momento de cambiar un yogur o una leche que fue cruelmente cortada.


